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Different Class




Por esa época había una fantasía tan sencilla como difícil de realizar. Tenía como costo pasar un frío que el cuerpo terminaba por no sentir, y su rédito consistía en un acceso prémium a las pistas de baile, además del sustancioso ahorro de un capital que podría luego ser reinvertido en la barra: juntarse en el bandejón central de la Alameda a terminar una botella, antes de entrar a la Blondie.


Por supuesto que había otras formas de llevar a cabo el núcleo de la fantasía, esto es la embriaguez, pero las fantasías son fantasías justamente por su decorado barroco innecesario (si no fuera así, el sexo estaría muy debajo en nuestros listados cotidianos). La fantasía podría resumirse de manera simple como entrar borracha a una disco. Describirla así, sin embargo, significaría no entender los refinados códigos de la noche alternativa de mediados de los primeros años 2000. Primero, porque no se puede entrar borracho a la Blondie. Segundo, porque entrar muy borracho significaría terminar pagando una entrada para abrazar durante varias horas un excusado, sin contar la preocupación que se pueda llevar una amistad sincera que haga de Sancho Panza. Es por estas razones que llegar borracha desde la casa no era un opción equivalente a la dosificación de experiencia que permitía calcular el ponerse a tomar a diez pasos de la Blondie.


Esa es la fantasía que nos propusimos realizar con Deborah, mi mejor amiga de ese año que jamás había ido a la Blondie, a pesar que todas sus mallas, parches, teñidas de pelo y botines  británicos la pusieran en el teatro del mundo como una asidua parroquiana. Era una fiesta “Disco 2000”, cuyo afiche falseaba un abrazo entre Jarvis Cocker y Morrissey, lo cual para nuestra amistad significaba algo importante: no sólo porque ella terminaba una tesis de maestría en literatura inglesa sobre la influencia literaria de The Smiths en el britpop de los 90, sino particularmente porque habíamos nacido el mismo día y ella se llamaba Deborah.


Oh we were born within an hour of each other

Our mothers said we could be sister and brother

Your name is Deborah.


Nos juntaríamos en la esquina de su casa, entre las calles Aristóteles y Platón. Camino a buscarla, pasé por la Blondie, a horas de su apertura, y ya había algunos feligreses intentando cumplir la fantasía, la cual se hacía muy difícil por la experticia que requería ese cálculo que permitía entrar sin problemas en la disco, además de otra causa aún más fundamental: a veces es más fácil simplemente no cumplir nuestras fantasías. En la micro me fui escuchando Pulp.


And they said that when we grew up

We’d get married, and never split up

Oh, we never did it, although I often thought of it.


Cuando llegué, Deborah no estaba en la esquina acordada. «Vente a mi casa», me alcanzó a decirme antes que empezara a esperarla y acumular así el rencor de los atrasados. Estaba con unas amigas que tampoco tenían en sus libros la experiencia de subirse al cubo de la Blondie. Grace tenía ojos pequeños que se agrandaban con sus lentes de lupa; Celeste hizo un comentario irónico sobre John Kennedy Toole cuando entré, así que asumí que estudiaba literatura con Deborah; Sandra se llamaba como mi mamá, por lo que el tabú del incesto me impidió prestarle mucha atención. Al llegar me pasaron un vaso con un alcohol irreconocible, aunque con un exquisito sabor frutal. Con un chiste me puse al trote y pudimos conversar sin tener que presentarnos en profundidad. «¡Como John Kennedy Toole!», insistió Celeste, sin que pudiese entender muy bien la razón de sus persistentes referencias al escritor gringo. Ya pasaban las horas y fui al baño, a fin de hacer presión para, al menos, hacer un esfuerzo por realizar nuestra fantasía del bandejón central. Fui al baño pensando en que no lo lograríamos, porque ya incluso íbamos atrasados a la Blondie, con todo lo que implica la contradicción filosófica de encontrarse atrasado para ir a una disco. Entre esas reflexiones me interceptó Celeste para contarme, como si me hubiese leído la mente, que sus repetidas referencias a John Kennedy Toole tenían que ver con su reciente lectura de La conjura de los necios. Para ese entonces, era una novela que todos me habían recomendado. Me había hecho de un ejemplar, pero no la había terminado de leer. Veranos después, aprovechando una pandemia, terminé de leerla y recordé a Celeste.


Finalmente, en lugar de ir a la Blondie, fuimos a una botillería cercana para abastecernos del pisco y los cigarrillos necesarios para durar hasta el domingo. Entre las idas al baño, recuerdo que Celeste me interceptaba para responderme preguntas que no le había hecho.


Oh, what are you doing Sunday, baby?

Would you like to come and meet me, maybe?

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