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De algún modo, el cine es el testimonio de un saber ancestral. Un saber de los cuerpos, de los pueblos, de las que no saben. Es un saber del que no sabe escribir, pero que sabe leer: un saber de los gestos. El saber de quien no sabe cómo supo, pero sabe. Un saber basado en la esperanza que llegará el día en que sabremos: un saber común. Quizá el saber del comunismo, el testimonio de haber sido una multitud. El cine es la memoria de los gestos, que nos exige una manera de leer lo que hacemos, en sentido colectivo.
Para Weerasethakul, el cine es eso: un intento por dejar testimonio de lo que no sabemos. O más bien de lo que no sabemos cómo saber: pasan cosas que nos dejan en silencio y que no sabemos cómo reconocer. Como cuenta ese mito estructuralista: cuando llegaron las carabelas al Nuevo Mundo, los autóctonos no vieron absolutamente nada, porque no tenían el concepto de “carabela”, ni si quiera de “barco”. Ese mito, en otro sentido, nos dice que hay algo de la realidad que no se explica, o más bien que no sabemos cómo llegar a explicar: que sólo lo podemos sentir, pero que no lo podemos comunicar. Cosas que no podemos poner en común. El cine es un testimonio de ese intento por poner las cosas en común.
En ese filme que en tailandés se escribe ลุงบุญมีระลึกชาติ, Weerasethakul pone en escena a los vivos con los muertos: el tío Boonmee estaba muerto y se aparecía para compartir la frescura del atardecer junto a su familia que aún no cambiaba de plano. La misma idea con ese cementerio de รักที่ขอนแก่น: un lugar que era muchos, los que estaban y los que ya no. Que un lugar sea también los que ya no es, no es sino otra manera de referir nuestra ignorancia. Un tiempo que es otros tiempos.
Por simple curiosidad, busqué las páginas tailandesas de la obra de Apichatpong Weerasethakul, y me topé con que su obra reconocida no inicia el año 2000, sino el 2543 del calendario solar tailandés, que no tiene que ver con el nacimiento de Cristo, sino con la muerte de Siddhartha, es decir con el nacimiento de Buda. En fin, un tiempo que es también otros tiempos.
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Memoria, nombre castellano para un filme hecho en Colombia, es la expresión justa del proyecto weerasethakuliano: una mujer que no sabe cómo recordar un sonido. Para ser más precisos: hay testimonio del ruido en su cabeza, pero no consigue reproducirlo, no logra comunicarlo. Recurre a un sonidista que la ayuda con escaleras figurativas: más redondo, más seco, más metálico, un ruido como de una inmensa bola de concreto cayendo en un latón de agua salada. El sonidista estaba muerto, era un fantasma, pero pudo ayudar a Jessica, interpretada por Tilda Swinton. El sonido, sin embargo, no estaba en su cabeza, sino en el mundo: el sonido era un camino, una búsqueda para llegar donde el mismo sonidista, en otro tiempo, en otro espacio. El sonidista es también un viejo que nunca ha salido de su pueblo, una pequeña selva acogedora donde pasa las tardes despellejando pescados. El sonidista, que es también un hombre de la selva, no puedes olvidar, no puede soñar cuando duerme, no es sino un banco de memoria de todo lo que le pasa. Por eso intenta no someterse a muchas imágenes, a muchas cosas: intenta mantenerse sin saber mucho, porque el saber también resulta ser un peligro. No por nada el mandato ilustrado consiste en atreverse a saber, no es un juego el del saber.
El sonido guió a Jessica hasta este hombre incapaz de olvidar, también incapaz de comunicar: como al Funes de Borges, le resulta imposible contar un día de su vida, porque tardaría un día en hacerlo. Su memoria es una mapa a escala uno a uno, el mapa de una isla que cubre la isla por completo. El sonido, sin embargo, es la expresión de una experiencia, la de ver una nave cuyas reglas de la física no podemos explicar. Lo único que podemos saber es que no sabemos: podemos llegar a describir de manera detallada el sonido, pero sus límites no son más que los nuestros. El sonido sonará según podamos escucharlo.
A diferencia del hombre sin olvido, una vez soñé con mi muerte. Soñé que moría y recuerdo el sabor y el sonido. Desperté con sabor a metal y el ruido producido por el impacto de un proyectil contra mi mandíbula. Mi mandíbula se destrozó por el impacto de una bola de metal del tamaño de un puño arrojada con una fuerza desproporcionada a mi rostro. El sueño terminaba con mi muerte y al despertar supe que estaba vivo. Sin embargo, el sabor y el sonido que describo, no logra cubrir la experiencia de mi muerte. Cuando lo cuento me siento como un cartógrafo que no se conforma con un mapa a escala.
3
Que las cosas tengan memoria no es algo nuevo en las culturas humanas. A las cosas se les atribuye la facultad de portar la historia de los pueblos en sí. Aunque esto debe ser entendido de manera diferente a la interpretación mágica que asume que la memoria está en las cosas: las cosas sólo dan testimonio de lo que el mundo ha hecho con ellas. Un plato nos cuenta de la importancia de la comida, como un carro de la existencia de largas distancias.
El final de Memoria me conectó con ese misterio que siempre he tenido escondido en mi corazón, desde que vi una nave espacial. Cuando vi la nave espacial, metálica, con forma de platillo volador, con luces verdes y rojas, volando a una velocidad incomprensible desde su estado de reposo, se me aparecieron todas las preguntas de la memoria weerasethakuliana: su conocimiento de las reglas de la realidad debe ser muy complejo y distinto del nuestro, como para hacer que una nave acelere de esa forma. Lo que vi, aunque lo recuerdo, es incomunicable porque es de esas experiencia que no pueden ser puestas en común. Mi relato, similar al de un loco, no hace sino despertar algunas sonrisas curiosas en mis auditores, mientras que para mí es la expresión de nuestra ignorancia. Hay tanto que no sabemos.
Quizá es cine sea el más inmenso testimonio de nuestra incapacidad de comunicar. Por lo mismo, quizá sea nuestro mayor patrimonio de la memoria.