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Coleccionar arte en pleno fin del mundo


Tenía la intención de escribir un breve texto acerca de la relación entre la inminente e irrefrenable extinción de la especie humana y el incomprendido arte de la colección de obras de arte. Mientras recalentaba el agua para servirme un té en mi tazón inglés grabado con una imagen inspirada en la ceremonia a la que asiste inesperada y obligatoriamente Alicia, en su breve estadía en el País de las Maravillas, abrí un periódico de hace pocos días donde pude leer que un empresario chileno de alta gama había decidido ofrecer en remate su colección más preciada: uno de los conjuntos privados más valiosos del arte italiano renacentista, donde se cuentan por puñados obras de Fra Angelico, Tintoretto y Bellini, como si fuesen servilletas firmadas por Warhol, Basquiat o Madonna. No le otorgaré la bendición de nombrarlo, pero recuerdo que hace unos años asistí a una exposición de su colección, realizada en una universidad cuyo nombre también me reservaré sagradamente. Una colección notablemente cuidada, evidentemente formada por un coleccionista de fuste: se podía apreciar esa fina relación entre belleza y dinero que, para un coleccionista, expresa un asunto más profundo. Los coleccionistas verdaderos buscan constituirse a través de su colección. No se trata de convertirse en su colección, sino de transformar un montón de elementos que en su conjunto (y sólo en conjunto) comunican algo en un heraldo metafísico: una colección es un pequeño sirviente autómate, sin pasión ni deseos propios, que sirve como puerta directa hacia ese lugar inexistente en que habita el corazón y el cerebro del coleccionistas. Al coleccionista le gustaría que, algún día, en algún lugar de la historia, alguien escribiera una breve nota en el diario oficial donde descifrara el hilo conductor de la colección, su espíritu secreto, su enigmático orden. Eso sólo lo sabe el coleccionista verdadero, pues nunca nadie podrá resolver los curiosos misterios de su intimidad. El falso coleccionista sabe de antemano cuáles son los límites de su colección: «Quiero tener juntas las once camisetas con que los jugadores italianos perdieron la final de la copa mundial de fútbol de 1994 ante Brasil». El falso coleccionista siente pena y alegría cuando tiene las primeras diez camisetas: pena porque le falta una; alegría, porque le falta una. El verdadero coleccionista sabe que una colección no tiene límites, no tiene final, como tampoco tiene un origen cierto: el verdadero coleccionista sabe que colecciona colecciones, y que en el algún momento el antropólogo del futuro sabrá reconocer esto en su nota en el diario oficial. Mientras esperaba que mi té se enfriara pensaba en la rabia que el millonario sentiría al leer que su colección es interpretada como una simple “colección de arte renacentista”. Quizá por eso la puso a la venta, pensaba. Creo que yo hubiese hecho lo mismo, concluí.

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