1. Bajo el asfalto no está la playa, los muros no hablan. A los muros se les habla, son un interlocutor silencioso, que juzga con su quietud: sabe de historia, lo ha visto todo. Todo lo que pueden ver en las calles acostadas frente a ellos. Las revoluciones conversan con los muros y ellos guardan testimonio de ese intercambio, ya sea en forma de dibujo o de escrito. CUNA Y TUMBA DEL NEOLIBERALISMO. CÓMETE A LOS RICOS. EL FIN DEL MUNDO ES MÁS FÁCIL DE SER IMAGINADO QUE EL FIN DEL CAPITALISMO. Esos escritos se encuentran en cada muro como testimonio de una conversación. Grandes escritos que claman por el fin de todo y el comienzo de algo. Esos escritos, sin embargo, no dejan ver lo esencial, no dejan ver esos pequeños escritos que gritan por no ser leídos. Esos pequeños escritos, ubicados en la parte más baja de los muros, en su basta, que sólo pueden ser leídos cuando uno se cae de bruces. Esos pequeños escritos, cuyas letras no se entienden del todo, que apenas se nota que son palabras. Los que sí, esos escritos expresan un deseo: no ver.
2. Mi mamá me pidió el libro del príncipe de Inglaterra. Un libro que ha vendido, a la fecha, más de cien millones de copias. El príncipe relata sus penurias sufridas bajo la sombra de la corona: estar encadenado al destino de la realeza reduce la vida misma a un breve anecdotario consumible en los ojos veloces de quienes quieren pasar una tarde de verano. Encontré una versión pirateada del libro en un humilde pero digno puesto en el centro. El puesto, que pertenecía a un ciego, sólo tenía ejemplares del libro del príncipe y anteojos. Pregunté por el precio, y ante la alegre respuesta del locatario improvisado, le repliqué: ¿Usted lo leyó? Sí, me respondió rápidamente. Pero es muy malo. Está mal escrito, me dijo.
3. Una ex me escribió un mensaje. Diez años que no tenía noticias de ella. Aún no se acuñaba el concepto, pero yo le hice ghosting: esa práctica de escapar de la relación sin explicaciones, sin hablarle. A ella no le importó mucho: sólo le dejé de hablar y ella no me llamó de vuelta. Pronto supe que ella estaba con otras personas y me dejé de preocupar. Con todo, compartíamos un cierto interés por el lenguaje. Ella tenía un blog, escribía relatos que le satisfacían y que le costaba mucho compartir. Alguna vez me envió un correo en el que destacaba eso: me retaba por algo poniendo énfasis en que a ambos nos interesa cuidar el lenguaje. Nuestra diferencia respecto de eso que compartíamos radicaba en la posición desde la que mirábamos el lenguaje: para ella era algo privado, individual; a mí me gusta pensar que el lenguaje es algo colectivo, algo diseñado para comunicarse con otros. En fin, me envió un mensaje en el que ponía: SNOB, SOBREVALORADO Y FEO. Seguido de esos adjetivos, me acusaba de perseguirla por las calles y de enviarle mensajes cada noche a lo largo de una década. También me achacaba falta de creatividad y puntualizaba: feo no sólo tú, sino también tu escritura. No entendí muy bien al comienzo, pero luego capté algunos detalles: era un mensaje para ser mostrado a otros, para ser capturado y compartido. Durante algunos días pensé en responderle. Claro, no lo hice, pero de haberlo hecho mi respuesta se hubiese movido en el rango que va desde un OK hasta una expresión de sorpresa por lo pobre de su respuesta: si en diez años sólo tuvo creatividad para decirme feo… Nunca terminé de pensar la respuesta por completo, pero de algún modo me produjo placer que alguien de quien no sé si está vivo o muerto me esté leyendo. Quizá funciona escribir, quizá nos comunica con otros que no sabemos dónde están ni lo que hacen. Si mi escritura le parece fea, pensaba, al menos me leyó. Eso es lo importante, aunque para una defensora de la individualidad eso debe ser un insulto, supongo. En todo caso, yo no leería lo que ella escriba, porque si en diez años sólo tuvo creatividad para decirme feo… No puedo cerrar la respuesta, ni siquiera en un ejercicio de creatividad como este.